miércoles 4 de noviembre de 2009

Bruselas

Un piano toca solo
en la Gare du Midi.

Con sus canciones despierta

a los fantasmas

que viven en la maleta

entre la pasta de dientes

y la ropa interior.


El metro huele a otro lugar

lejos, mucho más allá

de Schengen y sus columpios de Ikea.
A azafrán, a mandioca
(también a gofres, bien sûr)

y a esa extraña materia

en la que se descomponen los sueños.
Huele a otros sitios
en los que no hay metro
ni por supuesto Ikea.


En las calles grises,

como un reflejo agrietado

del cielo gris,

ya no suena Jacques Brel.

Sólo quedan locos

que no temen la lluvia

y estudiantes que se empapan

con la sonrisa

de quien se cree inmune.


Por la noche, night shops y camellos
venden promesas a precios desorbitados.
No importa: la música ya suena
en alguna escuela abandonada

(ni siquiera esa nana desquiciada

saca a la ciudad de su letargo).


Hay parques como estallidos,

vendedores de patatas fritas

(¡sauce mayonnaise, s’il vous plaît!),

mujeres que anudan el otoño

con sus bufandas,

turistas que desde las terrazas
se asoman a la ciudad
como si fuera ella la extraña.


Torre de Babel tambaleante
y orgullosa estación de paso,
si alguien escribiera su historia

sería la del héroe que avanza

a pesar de las heridas.



jueves 29 de octubre de 2009

Hay días así.

Llueve sobre las palmas de las manos
el té hace siglos que se ha enfriado
y las sábanas se retuercen en el suelo:
no encuentran el camino de vuelta a casa.

Las tardes son distancias insalvables
flotan, zumban, chocan contra los cristales
hay rumores que trepan las paredes
y la aguja del tocadiscos no quiere bailar.

Es triste la luz que moja las aceras
cuando las sombras se pisan entre ellas
cuando los pájaros se confunden con la noche
y el ruido de las ciudades es sólo eso: ruido.


miércoles 21 de octubre de 2009

Un buen día. (Cover).

IV.

Mi cuarto es un lugar frío e inhóspito como un invierno. La cama es un desierto. No me apetece transitar sus dunas apenas iluminadas por la leve luz que llega desde el salón. Esta noche, no. Sobre la mesa hay decenas de discos desordenados, algunos fuera de sus cajas y me devuelven un brillo pálido, casi muerto. Sé que hay otras cosas y agradezco que se queden acurrucadas en la oscuridad: papeles arrugados que contienen letras de canciones a medio escribir, revistas viejas que nunca he acabado de leer, fotos que aún no me he atrevido a tirar.
En el suelo, la ropa desperdigada es una sombra perfecta de mi vida. Al fondo, cuatro ceros titilan en la pantalla del despertador.
Oigo mi respiración como si llegara grabada desde un viejo casete, lenta y lejana. Los brazos, las piernas parecen de otro cuerpo, un cuerpo parado frente a una habitación que no reconoce y se pregunta qué hace allí y busca algo que le devuelva la familiaridad a todo. Miro el reloj de mi pulsera: las siete menos diez. Como si la inercia de las agujas fuera contagiosa, vuelvo a controlar mi cuerpo. Salgo de mi cuarto, dejo el casco sobre una silla del salón y voy hasta la cocina. Tengo sed. Abro la nevera y su luz invade la estancia como un relámpago. No queda zumo. Cojo un vaso del armario y abro el grifo. Dejo que el agua corra hasta que está muy fría. Me bebo un vaso, dos, pero sigo teniendo sed. Sin embargo, no estoy borracho. Al revés: estoy sobrio, lúcido y muy cansado. A las siete de la mañana eso es una putada. Esta noche tampoco voy a dormir.

En la televisión no hay nada, ni siquiera porno. En un telediario, una chica con cara de tener ganas de estar en otro lugar da los titulares. ETA. Crisis en el gobierno griego. La OTAN amenaza con bombardear Serbia. El gol de Mendieta. La voz metálica de la presentadora se diluye en mi cabeza y casi sin haberme dado cuenta tengo la mirada fija en la bolsa de basura que hay junto a la puerta. Como si en la habitación no hubiera nada más que esa oscura figura llena de recuerdos. Mi cerebro empieza a pasar lista: tres discos de jazz que por más que lo intenté no me gustaron; dos novelas que nunca leí; un par de bragas y una camiseta con mucho escote, como todas las de Clara; una camiseta mía que huele demasiado a ella como para que siga siendo mía; un póster de que ha dejado un vacío blanco en la pared; un cepillo de dientes, un secador de pelo y una caja de Tampax; un mechero, un puto mechero.
A veces parece tan fácil deshacerse de las cosas. Incluso de los recuerdos que por las noches no me dejan dormir. Basta con una bolsa de plástico y un buen nudo. Los basureros hacen después todo el trabajo sucio. Sin embargo, las cosas de Clara llevan ahí tanto tiempo que he perdido la cuenta y mis recuerdos no se dejan cazar, los muy cabrones. Los días en los que me siento más valiente fantaseo con prenderle fuego yo mismo a la bolsa, allí, en medio del salón. Que el fuego llegue hasta mi habitación y así quizás también ardan las sonrisas de las fotos y la silueta que aún respira entre mis sábanas. Pero el impulso dura poco: el tiempo de ver cómo todo ocurre en mi cabeza. Luego siento una especie de orgullo absurdo y reconfortante, y la bolsa sigue donde está, apoyada en el quicio de la puerta.
Puedo sentir cómo la casa entera se hunde bajo su peso.
Es curioso: antes la echaba de menos. Sobre todo a estas h
oras, en las que ni el alcohol ni la tele conseguían, consiguen apagar el silencio que sale de las paredes de mi casa y se mete en mi cabeza. Me faltaba todo: el peso de su cuerpo al otro lado del sofá, el ruido de la ducha mientras yo aún me desperezo en la cama, el olor a tabaco en mi cuarto de madrugada, su mala hostia después de la siesta y la manera en que se quedaba dormida después de hacer el amor. Pero ahora lo que más echo de menos es mi vida, la que se fue a la mierda cuando Clara se largó, la que pasa ante mis ojos tras el cristal o en este mismo momento más allá del contorno de sofá. Quiero ser capaz de dormir otra vez y llevarme a casa a una Marta cualquiera sin pensar que no es la piel de Clara. Estoy harto del escalofrío que me recorre la espalda cada vez que alguno de mis colegas me da una palmadita de compasión. Harto de tener que explicar a las personas que veo poco que ya no estamos juntos, como si yo no fuera yo del todo sin ella.
El telediario se acaba, la chica se despide con una sonrisa que parece de alivio y comienzan los anuncios de la teletienda. Más de lo que puedo soportar a estas horas. Apago la televisión y el salón parece completamente vacío. Da la impresión de que va a pasar algo. Durante unos minutos espero con la cabeza sobre el respaldo, escuchando atentamente, casi impaciente, pero no ocurre nada. La habitación sigue tranquila y yo giro la cabeza decepcionado para mirar a través del ventanal. La persiana está subida y el exterior parece más oscuro en contraste con el salón. Me levanto del sofá y me asomó a la pequeña terraza. Hace algo de frío y no se ve mucho desde mi casa: sólo las sombras de los edificios y el cielo teñido por la luz que destila la ciudad. En la calle no hay un alma, las farolas iluminan las aceras vacías. Es una imagen triste. Sólo Juan parece trabajar en su bar porque una luz azulada se proyecta sobre el suelo desde el interior. De repente, me apetece un café.
Sin pensarlo demasiado, cojo las llaves de casa. Antes de salir veo otra vez la bolsa de basura. Como siempre, me prometo que luego la bajo al contenedor. Como siempre, sé que intento engañarme a mi mismo. Mis pasos resuenan en la escalera y el portal se cierra con estrépito en mitad de una noche que se resiste a morir. La verja del bar está a medio bajar. Me agacho y miro el interior: las piernas de Juan bailan frenéticamente con la fregona de un lado a otro del bar. Me cuelo por debajo de la verja.
- Hola Juan.

Juan se gira y una sonrisa sustituye rápidamente a la sorpresa bajo una poblada barba ya canosa.
- ¡Hombre, Juan Ramón! Desde que le dije a Juan cuál es mi nombre nunca me llama Jota, le parece una gilipollez. Yo al principio protestaba pero dejé de hacerlo porque desde ese día me invita a café todas las mañanas. Juan es de los pocos que sabe mi nombre y el único que lo usa, y su café es de las pocas cosas que impiden que no me largue del barrio todavía. Desde hace muchos años abre siempre temprano, compra el Marca y se ocupa de los escasos clientes que vienen a desayunar, que suelen ser los dueños de otras tiendas de la zona. Su mujer, Luisa, se encarga de la cocina aunque ella llega un poco más tarde para preparar los platos del mediodía.
Mientras me dirijo a una mesa de puntillas para no manchar, noto como me sigue su mirada.
- ¿Una noche dura? –pregunta con complicidad.
Yo respondo con un gruñido, devuelvo una silla de la mesa al suelo y me dejo caer sobre ella.
- Hueles a tabaco que echas para atrás —insiste.
- Lo que huele a tabaco es tu bar, Juan. –le digo con desgana.
Él lanza una carcajada seca y sigue trabajando. Enchufa la maquina de café y se pone a fregar el resto del suelo. El bar es estrecho y alargado, con la barra y la cocina a la derecha y un dibujo enorme de la patrona de Almuñecar en los azulejos de la pared de la izquierda, sobre las mesas. La voz desganada de un presentador de radio llega desde la cocina. Definitivamente, de madrugada todos los presentadores suenan igual: parecen ralentizar el tiempo con sus voces, convertirlo en una capa espesa por la que es difícil moverse. Juan se mete detrás de la barra y se pone a prepararme un café. La máquina suena exageradamente alta y se mezcla con el sonido de la radio. Se lo digo a Juan pero él se encoge de hombros.
- Bueno, ¿a qué te has dedicado esta noche, chaval?
- Nada, por ahí con el Eric y el Flo. De copas… -no soy capaz de dar más detalles- Acuérdate de ponerme otro sobre de azúcar, por favor.
Pero Juan ya llega con el café y lo deja sobre la mesa. En el plato hay dos bolsitas, las dos con una Virgen de la Antigua dibujada con tinta azul. Sonrío. El café humea, muy negro y espeso. Juan abre la verja con un chirrido.
- De fiesta con los amigos… —dice mientras vuelve a la barra. Y él también sonríe bajo la barba desaliñada.- Eso está bien, eso está muy bien.
Una brisa fresca inunda el bar. Afuera, la leve luz del sol trae los primeros ruidos del día.


sábado 26 de septiembre de 2009

Un buen día. (Cover).

III.

En la pista hay gente, mucha gente. No reconozco sus caras, la noche las difumina. Un gesto de vez en cuando, una sonrisa algo desencajada, una mirada que atraviesa el caos y se clava en mis pupilas dilatadas, los brazos que se mueven como si quisieran espantar a los cuervos que, junto con los ojos, se llevan los sueños. ¿Qué nos hace movernos de esta manera? Es como en ese pasaje de La Historia Interminable, no recuerdo exactamente en qué momento, hacia el final, cuando decenas de personas bailan y se retuercen desesperadamente en mitad de un camino. Pero no es lo mismo. Nosotros tememos el amanecer, y esa es la respuesta: bailamos porque tememos la luz que exprime el sol y que deja las heridas al descubierto. Somos unos cobardes.
Flo no baila, sigue el ritmo con una mano, con la otra sujeta la copa y habla con Judit, que ha aparecido de entre el resto de posesos. Sven no viene, me ha dicho al llegar, como si se disculpara, y luego ha preguntado por Miguel. Miguel está con su novia, ha soltado Flo a quemarropa. No sé qué cara ha puesto Judit porque yo me he encogido de hombros y me he puesto a hablar con Eric. Flo ha sido más práctico: se la ha llevado a la barra y le ha pagado un cubata. Está generoso, el cabrón, y le funciona: ella no se ha separado de él y yo me ahogo, poco a poco, entre los hielos y los azulejos del baño.
Eric me dice no sé qué de una tía. Le miro y veo que a su lado hay una chica con cara de quinceañera y las tetas grandes. Tiene un boli en la mano.

Jota, insiste Eric, fírmale un autógrafo, y me tiende un papel.

Nunca sé qué decir y no digo nada. Cojo el papel, le digo a Eric que se dé la vuelta y sobre su espalda escribo: Nunca dejes que te jodan (sería delito). Firmo preguntándome si entenderá que la mala hostia que escupe la frase no tiene nada que ver con su cara de quinceañera. No, no lo ha entendido. Mientras se pierde, Eric me mira con reproche.

Eres gilipollas, ¿has visto sus tetas? Te la podías haber hecho, lo tenías fácil.

Se tambalea un poco, aunque quizás sea yo el que pierde el equilibrio porque noto cómo el whisky con coca cola resbala por mis dedos. Me encojo de hombros. Pensar en currarme a una tía me provoca una descarga que me paraliza.

Creo que he aborrecido a las mujeres, me oigo decir.

Y de pronto me da vértigo un infinito sin mujeres.

Eric se descojona. Puedo oír sus carcajadas entre el ruido de los sintetizadores.

No digas gilipolleces, ya se te pasará, siempre se pasa.

Luego bebe un trago de su copa.

Jota.

Sintetizadores.

¿Sabes lo que más me jode en realidad de todo esto?

Sintetizadores.

Tus patillas, tío.

¿Mis patillas?

Tus patillas. Echo de menos tus patillas. Tienes que afeitarte, tronco.

Sintetizadores.

Eric se tambalea, sí, y su cara es una máscara histriónica al hablar. Miki funde los sintetizadores con otra canción electrónica. Kraftwerk. Es el único grupo que reconozco desde hace, por lo menos, años.

Eric, ¿sabes lo que necesito? Necesito una raya.

La máscara asiente con un esfuerzo gigantesco.

Vamos.

Es complicado esquivar a la gente que baila de camino al baño. Estoy seguro de que he tirado la copa de alguien pero no vuelvo la vista. Eric va delante de mí y es como un perro que ha olido a la presa, con la mirada fija en la oscuridad del baño, al fondo de la sala. Somos dos sabuesos y la comparación me parece idiota pero exacta. Intento recordar cuántas veces he recorrido el mismo camino esta noche pero no soy capaz. Muchas, seguro. Millones. En realidad no importa.

El baño de tíos está libre. Entramos y yo me coloco tras la puerta para evitar que alguien entre mientras Eric saca la papelina. Luego prepara dos rayas, largas y finas, y me recuerdan a los gusanos que usaban en las campañas contra la droga. Dos gusanos sobre el desgastado mármol del lavabo, blanquísimos, listos para trepar por mi nariz y pasearse eufóricos por cada rincón de mi cerebro, dejando una parte de si mismos mientras se arrastran, hasta al fin desaparecer.

Déjame un billete, anda. Eric habla mientras se restriega un poco de coca por la encía, y hace un ruido, chup, chup, que se pierde en la música que resuena extraña en la pequeña habitación.

Saco un billete de cinco mil pesetas, lo enrollo y se lo paso. La mitad de la cara del rey queda hacia fuera, como si quisiera mirar de hurtadillas lo que hacemos. Siempre me ha gustado usar billetes para esnifar. Me intriga pensar por qué manos pasarán después, quién más los usará para lo mismo que yo. Me imagino los minúsculos restos de coca viajar con el billete, impregnándolo todo y entonces, durante un instante, todos tienen sus manos manchadas: señoras comprando salchichas en la carnicería, musculosos hinchados cuando pagan sus gimnasios, abuelos al darle la paga a sus nietos.

Eric se mete su raya y parece un profesional. Casi sin ruido y sin dejar rastro. Me pasa el canutillo y me cede el sitio. Mi gusano sigue en su sitio, aguardando. Me inclino sobre él y justo en ese momento alguien llama a la puerta.

¡Está ocupado!, grita Eric, y su grito oculta el ruido que hace mi nariz al esnifar.

Recojo con el dedo los pequeños restos que quedan sobre el mármol. Es como si no fuera mi dedo el que acaricia las encías.

Salimos del baño y un niñato nos mira con cara de sorpresa. Está muy borracho. Pasamos de largo. Cruzamos la pista. Caras, muchas caras. Cuerpos que se abren y se pliegan con el riff de Firestarter. Los esquivamos. Eric se gira: Ya no está Flo. Lo busco. Busco también a Judit. Ya no está Flo. Sonrío. Flo es un cabrón. Sonrío pero hay algo muy amargo que desfigura mi mueca y no es la coca: una cama vacía, un cuarto vacío, una vida vacía.

Eric señala hacia la barra. Le sigo. Vuelvo a tirarle la copa a alguien. Me doy la vuelta. La chica parece no haberse dado cuenta y gira, gira, gira. Un remolino.

Llegamos a la barra y echo de menos a Marta y a su tatuaje sobre su piel pálida. Echo de menos una piel cualquiera.

Oigo cómo Eric pide dos whiskys. Pago yo, le digo. Saco el billete de 5.000 pesetas. Partículas, minúsculas partículas blancas que vuelan de mano en mano. El vaso está aún caliente. Noto cómo el hielo lo va enfriando. Enfría mi mano también. Enfría la habitación entera. Los cuerpos quedan suspendidos en la oscuridad y yo puedo moverme entre ellos y mirarlos. No se dan cuenta. Puedo ver sus pecados y sus miedos, puedo ver que huyen, puedo ver cómo se esconden en el humo espeso que lo llena todo. Pero yo me escurro entre las volutas y sus sonrisas fluorescentes no me engañan.
De repente, no quiero estar aquí.

miércoles 9 de septiembre de 2009

Un buen día. (Cover)

II.

Nunca me ha gustado el neón que da nombre al garito. Rosa y verde, trepa el muro por encima de la puerta como una hiedra fosforescente que se apaga y se enciende sin descanso. Es el cartel que yo pondría a mi puticlub para asegurarme de que los camioneros lo ven desde sus cabinas.
Solitarias cabinas en penumbra.
Pero el Roy no es un club de carretera, es un bar y se salva por la música que pincha Miki y porque Clara no va a venir esta noche. Aún así, al atravesar la puerta no puedo evitar buscarla con la mirada. Por un instante la veo bailar, como siempre sola, en el centro de la pista, el cuerpo hipnotizado, el pelo ondulado que le cae con un tembloroso roce sobre los ojos cerrados, y el cigarro, el cigarro que prende la vacía oscuridad del Roy y deja estelas encendidas. Pero no, no está, y hay algo que se mezcla en mí: el sabor amargo de la nostalgia y el alivio de saber que no voy a verla.
Vamos hacia la barra. En un extremo, dos o tres personas beben con sus cubatas y los codos apoyados en el mueble, y mueven las cabezas al ritmo de una canción de Pearl Jam. No sé cuál es. Al fondo de la sala, parapetado tras una mampara de cristal, Miki es una sombra que se mueve frenética a los mandos de una pequeña mesa de mezclas. De repente, se detiene y asoma su cara. Nos ha visto y saluda con una mano que emerge como una marioneta.

- ¿Qué quieres, Jota? – me pregunta Flo.

Me lo pienso dos segundos. Ya vale de cerveza por esta noche.

- Un whisky con coca-cola.
- Otro – apoya Eric.

Floren pide para los tres. El camarero es nuevo o al menos nunca lo había visto antes. Casi siempre está Marta, una chica silenciosa con una estrella tatuada en el codo, una estrella muy parecida a la que tiene Clara en la espalda, entre los dos omoplatos, un camino cerrado de tinta sobre la piel en el que tantas veces me he perdido. Pero, a diferencia de Clara, Marta tiene la piel muy blanca, teñida de noches tras la barra. Alguna noche, siempre algo pasado, le he dicho que parece una vampiresa, y ella ríe con una risa breve. Las últimas veces que he venido al Roy Marta ha dejado caer un par de sonrisas no tan breves y algún chupito de más pero entonces siempre aparece la estrella en su codo y a mi se me derrumban las ganas.
El camarero nuevo trae las copas. Le tiendo un billete a Floren pero este niega con la cabeza, me hace un guiño y paga él.

- Tú guárdate el dinero para luego, que esta noche va a ser larga y me parece que hay mucho que ahogar. – y sonríe.

Puto Floren. Es un cabrón, un cabronazo, pero por detalles tontos como éste se me olvida. Acepto y le doy las gracias. Suena X.Y.U. y el whisky sabe demasiado a coca-cola, y de pronto tengo ganas de irme a casa y enterrarme en las sábanas, aunque sé que será inútil, que será peor, que no podré dormir y el silencio y el vacío de mi habitación amplificarán el dolor. Por eso me quedo donde estoy, clavado frente a la barra, frente a Flo y Eric. Y de repente me veo como un maniquí que contempla su vida a través del cristal, y mis amigos me saludan desde el otro lado y luego siguen su camino por la acera, se pierden entre los transeúntes sin rostro. Sven saluda sonriente al pasar, borracho, y grita “¡que se jodan los rubios!” También está Marta, da un beso al cristal y desaparece. Sólo queda la marca de sus labios que se desvanece poco a poco. Y yo quiero salir, romper el cristal de un puñetazo y ser uno más y caminar, pero algo me ancla con fuerza al escaparate. Es el pasado, que se repite una y otra vez, como las fotos en esos prismáticos absurdos que se compran los turistas.
Clara.
Clara y su piel de aceituna, y ese tatuaje en el que nunca pasan las horas.
Clara y su manera de coger el cigarro, como un macarra con chupa de cuero.
Clara desnuda entre las sábanas, que se estira como un gato pero luego te mira con cara de cachorrillo para pedirte que le hagas café. Muy fuerte, susurra sabiendo que yo ya lo sé, que me he aprendido esa lección hace tiempo.
Clara y sus teorías absurdas sobre todo, y su voz de humo al contármelas, y sus ojos que huyen del sol tras las gafas de sol enormes.
Clara bailando en el Roy o en cualquier bar, porque ella baila de la misma manera en todos.
Pero hoy no está, aunque la imagine dibujando con su cigarro caminos de fuego en la oscuridad del Roy. Porque me doy cuenta de que aunque no quiera, necesito verla. Que es demasiado raro estar aquí sin ella, demasiado; porque que no esté aquí debe de ir contra alguna ley cósmica que han derogado y yo debo ser el único imbécil que no se ha enterado y todavía espero tenerla a mi lado, verla bailar hasta que se canse y me diga entre caladas que hoy duerme en mi casa.
Bebo un trago de mi copa que no sirve para llenar el hueco en mi pecho.
Hago un esfuerzo por escuchar la conversación entre Eric y Floren.

- Lo sé…
- ¿Lo sabías?
- Claro, me enteré hace un par de semanas pero no me lo ha dicho él…
- ¿Y lo de Judit a qué coño venía?
- Que se joda, nunca cuenta nada…
- ¿De quién habláis? – interrumpo.
- De Migue, que tiene novia. ¿Tú lo sabías?

Migue tiene novia. Vuelvo a sentirme un extranjero perdido sin mapa en mi propia vida. A pesar de la penumbra, la expresión de mi cara ha debido de ser lo suficientemente elocuente porque Eric niega con la cabeza y me mira como si acabara de llegar de algún sitio muy lejano, y Flo no puede evitarlo:

- No, claro que no lo sabe, éste qué va a saber, si lleva tres semanas sin salir de su cuarto…

Flo es un cabrón.

- ¿Desde cuándo tiene novia? – pregunto, intentando ignorar el vacío que se hincha y oprime el esternón.
- Desde hace casi un mes – explica Eric.
- ¿Y quién es? – Migue tiene novia. ¡Plop! Algo en mi pecho estalla como un globo de cumpleaños.
- No lo sé, una del curro, creo. Pero no me dio muchos detalles…
- Claro… Por eso pasa de Judit… ¿Y por qué coño no dice nada?

Eric se encoge de hombros y da un sorbo a su copa. Apenas quedan los hielos y un fondillo de whisky descolorido.

- Ya sabes cómo es

Deja la copa sobre el mostrador.

- Flo, ve pidiéndome otra, anda. Ahora te la pago…

Luego me mira y hace un gesto hacia el baño con la cabeza. Yo acepto en silencio casi con alivio.

- Pídeme a mí otro también.

Flo asiente con la cabeza y por un instante se queda mirando cómo nos alejamos, y yo noto que junto a él, en la barra, se quedan Clara, Marta y Miguel. Lejos del baño y sus espejos.

miércoles 2 de septiembre de 2009

Un buen día. (Cover).

I.
- Troncos... ¿os acordáis del doctor Octopus?

Nada más hacer la pregunta me arrepiento. No sé por qué hago preguntas como ésa pero sí sé cómo seguirá la cosa.

- ¿El doctor Octopus? Claro, tío. El malo de Spiderman ¿Qué pasa con él?
Dudo. Estoy a tiempo de soltar un "nada", darle un sorbo a la cerveza y fijar la mirada en el culo de Judit, que, por otro, lado está muy buena. Qué coño. Ya he empezado, dejamos que los leones se diviertan. Además, voy a mirarle el culo a la camarera de todos modos.

- Pues que hoy he estado leyendo unos viejos comics de Spiderman que tenía perdidos en mi cuarto... Muy guapos...
Atención, ahí viene.

- ¡Venga ya, tío! No jodas... Tienes que airearte, cojones. Tanto tiempo en tu cuarto con las cortinas cerradas te está volviendo gilipollas...

Florent me mira muy seriamente mientras le da una calada a un cigarro. La primera en la frente. El resto sonríen y asienten. Yo también sonreiría pero alguien me ha robado las ganas. Y al culo de Judit le han salido cartucheras de repente.

- Pues a mi me gustaba Tintín.

Gracias Eric, gracias. Acabas de arreglarme la noche. Florent ni siquiera espera a que el humo se escape de sus labios para embestir.

- Joder, Eric. Tintín era gay.
- ¡Coño! Tintín y el chucho ese... ¿Cómo se llamaba el perro?
- ¡Qué dices, tronco! Tintín no era gay...
- Milú, ¿no?

Me concentro en la cerveza mientras Eric, Florent y Miguel discuten sobre la tensión sexual oculta entre Tintín y el Capitán Haddock. Como casi siempre últimamente, me siento como un espectador de lo que pasa a mi alrededor, sin fuerzas ni ganas de unirme a lo que pasa, pero sin poder soltarlo, como si fuera mi tabla de salvación. Un televidente en su sofá, y la vida es la caja tonta.
Saco de paseo mis pensamientos a través de la ventana, por los tejados desiguales, me los llevo a dar una vuelta por las calles mal iluminadas y trepo con ellos hasta la Alhambra, donde los suelto para que estiren las piernas entre los jardines. Con un poco de suerte, se pierden y hoy consigo dormir un poco. No recuerdo haber conseguido cerrar los ojos esta noche. En realidad, desde hace ya demasiado tiempo no logro recordar ninguna noche: son enormes prolongaciones del día en las que el silencio es intenso, casi peor que el rugido de los tubos de escape de las scooters que recorren el laberinto del Albaicín.

- ¡Goooooool!

El grito de Flo me devuelve a la mesa del bar, a las cervezas casi acabadas, al plato con restos de solomillo al whisky y al Valencia-Barcelona que echan por la tele.

- Madre mía, qué golazo...

Eric mira fijamente el televisor: a cámara lenta, Mendieta engancha de bolea un balón al borde del área y Hesp ni se mueve, impotente. Hesp, yo, mi vida, el balón. Tengo que girar el cuello como un búho para poder verlo: un señor gol y encima al Barça. Levanto la cerveza y brindo con Flo y con Eric. Miguel no separa los ojos de la televisión, mosqueado, y el realizador parece ensañarse con él repitiendo una y otra vez, desde ángulos absurdos, el gol del jugador del Valencia.

- Me cago en la puta. – se lamenta.

Luego coge su caña, la apura de un trago y se levanta.

- ¿Otra, no?

Todos asentimos en silencio.

- ¿Pido algo más de comer?
- A mi pídeme otro tinto – sugiere Eric— y unas bravas.

A mi me da igual y digo que sí a las bravas con la cabeza. Miguel se dirige a la barra arrastrando los zapatos.

- Estáis jodidos, Migue.

Miguel no contesta a la provocación de Florent. Se encoge de hombros y se inclina sobre la barra para pedirle las cañas y las bravas al Turco. Florent da una calada a su cigarro y el humo apenas se distingue en el aire viciado. Eric está absorto en el partido, sentado de lado en la silla, con la espalda apoyada en la pared de azulejos beiges.
Algún día tengo que escribir una canción sobre el Turco, que no es turco sino sueco y se llama Sven, aunque nadie lo diría. El cabrón es más moro que Osama y cada vez que alguien, invariablemente, le pregunta cómo puede ser sueco y tener esa cara, él sonríe y responde, con su acento recién sacado de un congelador, que no tiene ni puta idea. “Ni puta idea”, literalmente. Cuatro años son más que suficientes para que hasta un sueco aprenda las buenas costumbres. Vino de erasmus desde Goteborg o desde Estocolmo, se emborrachó durante tres meses, un día de resaca se despertó con novia y cuando acabó el curso decidió quedarse en Granada y se fue a vivir con ella. Abandonó los estudios, se puso a trabajar en el bar y la novia le dejó cuatro meses después por un español más rubio que él. Lleva tanto tiempo detrás de esa barra que el bar es prácticamente suyo y más de una y más de dos noches lo he cerrado con él. Luego hemos cerrado el resto de bares de la ciudad y hemos acabado tirados en cualquier acera, ignorando al sol, cagándonos en las mujeres y en los rubios, insultando a los japoneses que se cambian de acera y nos miran desde sus cámaras digitales, Sven en sueco como para demostrar que no es árabe sin ser consciente de que seguramente no saben distinguir la lengua árabe del sueco empapado en alcohol. Sin ser conscientes ninguno de los dos de nada, en realidad.

- ¿El Madrid contra quien juega mañana? – pregunta Miguel, mientras me tiende una cerveza.

Luego va a buscar el plato de bravas y la copa de vino de Eric sin esperar la respuesta. Floren apaga su cigarro en el cenicero cargado de colillas e inmediatamente saca otro de la cajetilla.

- Contra el Santander, en El Sardinero — contesta elevando el tono, y se enciende el pitillo.
- ¿Cómo quedaron en la ida?

El Lucia interrumpe la conversación mientras arrastra sus más de ochenta años y una silla hacia nuestra mesa. Es un parroquiano habitual y un gorrón, y Florent salta como un resorte.

- Y una mierda Lucia, que la última vez te acabaste la comida y ni siquiera pagaste. Tú en tu mesa, nosotros en la nuestra, y si quieres beber y comer te lo pagas tú, que tu pensión te da para eso y todavía te sobra para las putas.

- No hables así, niño, que podría ser tu abuelo.

El viejo responde con su voz cascada. Se la rompió una traqueotomía hace algunos años. Siempre lleva un jersey negro de cuello vuelto para ocultar la cicatriz del cuello, a pesar de que la voz le traiciona y a pesar de que esta noche hace calor.

- Pero no lo eres, así que venga, ya te puedes ir largando.

El Lucia mira a Florent sonriente. Tiene una sonrisa que me recuerda a la de un niño bobalicón, de esos que en el patio del colegio no te dejaban en paz ni aunque les dieras de hostias. Pero, en este caso, el viejo se lo piensa mejor y coloca la silla en la mesa de al lado. La experiencia, será.

- Ganó el Madrid seis a uno, Lucia – le contesto— aunque mañana no juega Raúl, está lesionado.
- ¿No juega? – pregunta Eric, sorprendido.
- Eso parece. Lo he leído esta mañana en el Marca.

El viejo asiente silencioso, todavía con la sonrisa en el rostro, y se concentra en el partido, que ya agoniza. Yo le doy un sorbo a mi cerveza y le imito, asumiendo el riesgo de acabar con tortícolis. La camarera pasa por nuestra mesa y recoge los vasos vacíos.

- Judit, ponle una caña al Lucia que yo te la pago—le pide Miguel.

Ella sonríe y luego se aleja hacia la barra, y su culo serpentea entre las mesas.

- ¿Cuándo vas a salir con ella de una puta vez? – suelta Floren sin molestarse en bajar la voz.

Los tres miramos a Migue. Éste ignora la pregunta y sigue mirando el partido, obstinado. Da un sorbo a la cerveza.

- Venga ya, tío. No te hagas el loco. La cosa no puede estar más clara.

La mirada de Migue no se despega del televisor. Me empieza a doler el cuello así que me siento de lado en la silla para poder ver el televisor. El árbitro le ha sacado una tarjeta roja a Juanfran y uno del Valencia que no sé quién es se le ha echado encima. Judit aparece al fondo con la caña del Lucia. Flo insiste.

- Yo no sé por qué te cuesta tanto. Con lo buena que está y lo fácil que lo tienes…

Esta vez Migue salta, en voz baja pero firme.

- Florent, ya te puedes ir callando la puta boca.

Judit le pone la cerveza al viejo y luego deja la cuenta sobre la mesa, junto a Migue. Vuelve a sonreír pero no es una mecánica sonrisa de amabilidad, ni una sonrisa dirigida a los cuatro. Es una sonrisa de Migue y sólo de Migue, y la hemos visto todos. Judit se va pero esta vez ninguno mira cómo su culo se desliza hasta la barra.

- Joder, tronco, ¿eso qué ha sido…? – le pregunto, aunque en realidad no me interese, aunque en realidad no quiero saber que esas sonrisas aún existen y que a Miguel le acaban de regalar una.
- Basta ya, joder, sí que sois pesaos con la camarera de los cojones.
- Pero Migue, si es que la tienes hecha… -- Flo no se da por vencido, nunca se da por vencido.
- Florentino, coño, ya vale. ¿No sabes parar? Dejadme ver el puto partido en paz…
Flo sonríe, da una calada al cigarro.

- Pues nada, tío, tú mismo….
- Pues eso, yo mismo.

De pronto sólo se escucha al comentarista del partido. Aún no ha terminado pero no tengo ganas de volverme. Enfrente de mí, Miguel está visiblemente cabreado. No sólo el Barça va perdiendo sino que encima Florent tiene que venir a tocarle los cojones. Aunque, yo también he contribuido lo mío. Cojo un palillo y me pongo a jugar con una patata, la deslizo por el plato y hago sangrientos dibujos en la superficie que me recuerdan al Sr. Naranja desangrándose en el suelo del viejo almacén de Reservoir Dogs. Bebo un trago de la cerveza fría y se me alivia un poco la mala conciencia. Mejor intentar despejar la atmósfera.

- ¿Cuándo volvéis a tocar, Migue?

Esta vez sí deja escapar la mirada del fútbol y me mira. Se toma su tiempo para responder.

- No lo sé, la verdad. Está la cosa parada…

- ¿Pero no os ibais de gira? – pregunta Florent, y luego hace gestos como si intentara apagar la patata que le quema el paladar.

- Sí, pero Sergio se ha jodido un pie.
- Qué putada.
- No sé, casi mejor. Al final es una paliza de furgoneta y palmamos pasta, así que…
Se encoge de hombros intentando aparentar indiferencia, aunque se ve a la legua que le jode quedarse en Granada.

- ¿Cuánto tiempo va a estar sin moverse?– le pregunto.
- No sé, quizás un par de meses hasta que se haya recuperado.
- Pues toca con nosotros.

Le lanzo la propuesta a bocajarro, casi sin darme cuenta. De nuevo el silencio roto por la excitación del comentarista. Me pregunto si estará teniendo un orgasmo.

- ¿Con vosotros? Pero si vosotros ya tenéis bajista…
- Ya, pero estamos un poco hasta los huevos de Kieran.

Muy bien, Florent, sobre todo sutilidad y tacto.

- ¿Y eso?

Florent me mira como si me pidiera permiso para hablar. Lo va a contar de todos modos, así que esta vez soy yo el que se encoge de hombros.

- No sé, tío, está demasiado pendiente de Migala y últimamente pasa bastante, así que queremos hablar con él para que lo deje porque entramos a grabar dentro de un par de meses y necesitamos un bajista que esté centrado.

Ahora es Miguel el que clava sus ojos en mí, esperando confirmación. Yo asiento con la cabeza aunque sé que la historia es más complicada: en realidad no se aguantan. Florent no soporta que Kieran quiera más protagonismo y Kieran está hasta los cojones de Flo y de su carácter. Los dos tienen su parte de razón, pero yo tengo claro a quién prefiero en el grupo.

- Migue, tú conoces las canciones y ya has tocado con nosotros. Y no vas a tocar con Del Ayo hasta dentro de por lo menos tres meses. Tienes tiempo. Si cuando acabemos de grabar no quieres seguir, no pasa nada, ya buscaremos a alguien para la gira.

- No sé, Jota, no sé si es el momento, tengo que pensarlo…
- ¡Se acabó el partido!

La voz ronca del Lucia, casi un gruñido, interrumpe la conversación. Los cuatro miramos el televisor. Tiene razón: los jugadores se van al vestuario mientras el Camp Nou se vacía. La cámara muestra las caras serias de los hinchas culés, luego a dos valencianas que están muy buenas y sonríen, con las mejillas pintadas de naranja y agitando una bandera del Valencia, y luego otra vez a los aficionados tristes o cabreados del Barça. Como si lo viera: ahora el periodista le preguntará, a pie da campo, las cuatro gilipolleces de siempre a algún jugador del Barcelona que contestará otras cuatro gilipolleces.
Sven cambia de canal antes de que pueda comprobarlo.

- Me cago en la puta… - masculla Miguel.
- Lo siento, tío. – Eric apura su copa de vino - ¿pagamos y nos vamos?
Los tres asentimos.

martes 25 de agosto de 2009

Pecados capitales

Soberbia.
No dejar que descubras
que yo también tengo huecos
que también a mi
me tiemblan las piernas.

Envidia.
Ser todas las personas
que han pasado por tu vida
y que saben
todo lo que yo aún no sé.

Ira.
Notar como el aire se escurre
entre mis dedos
cuando golpeo en la nariz
a tus fantasmas
y tus miedos.

Pereza.
Cuando el sofá es una isla
en un océano sin horizonte
y tú te encaramas a mis brazos
y entonces
naufragar parece irremediable.

Avaricia.
Robar la tristeza de tus ojos, toda,
enterrarla en un lugar secreto
y luego marcar con una X
cada poro de mi piel
para que te entretengas buscando.

Gula.
Distraerme en los pliegues
de tus labios,
descansar bajo su sombra
y dibujar cada suspiro,
lograr que sonrías
y retomar entonces el camino.

Lujuria.
Un susurro
un roce
que estalla entre las sábanas.